miércoles, 30 de marzo de 2011

Señora



Francamente nunca he sido muy bueno en eso de decir cosas solemnes
pero la memoria en ocasiones, para mi fortuna,
me trae de nuevo los aromas, los sonidos y las imágenes
de una casa vieja donde tuve tierra, plantas y animales;
en fin, todo aquello que todo niño necesita para ser niño.


De todas aquellas imágenes, muchas me han abandonado
sin poder hacerlas volver y las que me han seguido
lo han hecho tan persistentementeque soy quien soy gracias a ellas.

Son precisamente esas persistencias
las que en este momento me hacen recordar
que hace muchos años conocí a una mujer
tan alegre que su risa hacia eco en las paredes de la vieja casa,
donde, cuando niño, solía ponerme a fantasear con mundos nuevos;
tan grande que su sombra aún me cobija
a varios kilómetros de donde me encontré
por primera vez en su regazo;
tan inteligente que me dejó tropezar una y otra vez
sólo para asegurarse de que aprendería a caminar,
pero sobre todo, a levantarme.

Qué importante sería para todo niño
el llevarse a todas partes el recuerdo
de una casa llena de risas, con tierra, plantas y animales,
pero sobre todo, haber crecido al lado de una señora,
tan señora que decirle madre resultaría escaso
y quien, veinte años después de mi primer poesía
me sigue pareciendo así: inmensa y alegre.

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